VIDA NUEVA Padre Lagrange
« ¿Puede la
Biblia resistir a la crítica
científica?
La vida y la obra del
Padre Lagrange, fundador de la Escuela bíblica y de arqueología francesa de
Jerusalén”
Fray Manuel Rivero o.p., vicepostulador de la causa de beatificación del padre
Lagrange.
Actualidad del Padre Lagrange
El Sínodo de los
obispos sobre “La Palabra de Dios en la vida y en la misión de la Iglesia”
tendrá lugar en el mes de octubre próximo. Con esta
ocasión la Iglesia estudia de forma
especial la Palabra de Dios en los cinco continentes.
El día 10 de marzo de
este año 2008 se celebrará el 70
aniversario de la muerte del Padre Lagrange († Saint Maximin (Francia), 10 de marzo 1938).
La Escuela bíblica de
Jerusalén, fundada por el padre Lagrange, continúa la publicación de la revista lanzada también por él “la Revue Biblique” y
prepara una nueva edición de la Biblia de Jerusalén con nuevos comentarios que
reflejan cómo la Palabra de Dios ha sido acogida e interpretada a lo largo de
la historia de la Iglesia. Los
arqueólogos de la Escuela prosiguen sus investigaciones
y ofrecen toda una serie de elementos científicos que esclarecen las preguntas
y las dudas de nuestros
contemporáneos: ¿Puede la Biblia resistir
a la crítica científica? ¿Qué lugar ocupa hoy la Biblia en la vida espiritual de los fieles? ¿Qué interpretación de la
Biblia ofrece hoy la Iglesia católica? ¿Qué importancia damos a la Palabra de
Dios en el testimonio de la fe, la
catequesis y la predicación? ¿Qué trasmiten
los cristianos: Una moral o el Evangelio
revelado?
Pienso que la vida y
la obra del padre Lagrange son para el hombre contemporáneo una luz que hacen
resplandecer al misterio de Jesús y
conducen al rostro de Dios.
El poeta andaluz Juan
Ramón Jiménez, Premio Nóbel de literatura
en 1956, escribe en su “Diario de poeta y mar”: “Raíces y alas. Pero que las
alas arraiguen y la raíces vuelen.” El
recorrido del Padre Lagrange representa la historia
de un alma al mismo tiempo que una gran aventura intelectual que dan ganas de
“arraigarse” en la Iglesia y de “volar” en la misión.
Nacimiento y juventud
Alberto Lagrange
nació en Bourg-en-Bresse (Francia) el día 7 de marzo de 1855, fiesta en aquel entonces de Santo Tomas de Aquino.
En 1858, su madre
Elisabeth Falsan, le presentó al santo Cura de Ars Juan María Vianney que le bendijo.
Perteneciente a la burguesía de Lyon transmitió
a su hijo un gran amor a la Virgen María, la Inmaculada
Concepción. El día de su bautismo, el 12 de marzo de 1855, le
consagró a la Virgen
Negra venerada en la región con la lectura del Prólogo del
Evangelio según San Juan. Durante la ceremonia el sacerdote puso su estola sobre él :
“In principio…” (“Al principio era el Verbo…”)
Su tío materno y
padrino de bautismo, Alberto Falsan, le inició en la geología que le serviría
más tarde para estudiar la historia de “los estratos”
de los textos bíblicos.
Estudió en el seminario menor de Autun en
donde su padre, que era notario, había estudiado
también antes de escoger el camino del matrimonio, lo que valió al joven Alberto
muchos encuentros en el hogar familiar con los antiguos camaradas de clase que
ejercían el ministerio sacerdotal.
De adolescente
impartía el catecismo a niños. Como miembro de la Conferencia de San Vicente de
Paúl visitaba a los pobres.
Su oración Mariana y
la belleza de la Coronación de la Virgen María de Fra Angélico (1387-1455), el
dominico de Florencia, nombrado patrón de los artistas
por Juan Pablo II,
le ayudaron también a acercarse a Cristo
y a la vida religiosa.
Estudió Derecho y se doctoró por la universidad de
París. Sus colegas le eligieron secretario de la Conferencia de Abogados. Pero
el joven jurista Alberto Lagrange
llevaba en su corazón la vocación al sacerdocio desde el día de su Primera
Comunión. Así
pues, entró en el Seminario de San Sulpicio cerca de Paris en
Issy-les-Moulinaux. Los profesores de San Sulpicio supieron darle “el gusto de la Santa Escritura”
que amó con pasión toda su vida. Les dedicó su Comentario al Evangelio de San
Mateo.
Dominico
Atraído por el ideal
evangélico de Santo Domingo de Guzmán recibió el hábito
blanco de la orden de predicadores el día 5
de octubre de 1879 en Saint-Maximin (Departamento del Var (83),
Francia). El bienaventurado Jacinto Cormier, a la sazón prior provincial, le
acogió en la provincia dominicana de Toulouse ciñéndole con su propio cinturón.
Alberto recibió el nuevo nombre de Marie-Joseph con el que siempre firmó sus
libros. En el silencio de su celda se consagró al estudio
de la Biblia que colmaba su sed de Dios y de crecimiento espiritual. La Biblia fue siempre para él la fuente de
vida espiritual. Un maestro contemporáneo de la espiritualidad,
fray Pie-R. Régamey o.p., declaraba un día haber discutido y escrito mucho sobre la espiritualidad
dominicana que en realidad no era otra cosa que el Evangelio. Desde sus estudios en el seminario hasta
su muerte, la Biblia fue siempre el faro y el motor de su vida espiritual.
Estudios
en Salamanca y ordenación en Zamora
En 1880 los dominicos
expulsados de Francia por una ley antirreligiosa fueron acogidos en el convento
de San Esteban de Salamanca habitado por unos poquitos
frailes españoles, en una España marcada por le odio hacia el catolicismo y agitada por los movimientos obreros de corte anarquista o marxista, a
pesar de la restauración económica
debida en parte al ferrocarril, agente de transformación y de desarrollo. A la
muerte del rey Alfonso XII, en 1885, hubo un fuerte riesgo de agitación revolucionaria. Fray Marie-Joseph cuenta
cómo un obrero que afilaba en la calle un cuchillo increpó a un grupo de
religiosos franceses mostrando el
arma: “Frailes, frailes, os han expulsado de Francia; nosotros los Españoles,
no nos pagamos con esa moneda, exigimos el precio de la sangre”.
Al Padre Lagrange le
gustó siempre escribir
detalladamente su diario para dar su propia visión de los acontecimientos.
Describe así la buena acogida de los dominicos de Salamanca que habían sido
anteriormente expulsados de su claustro,
al igual que las otras congregaciones religiosas, el perfume de santidad dejado
por Santa Teresa de Ávila que se confesaba al padre Báñez o.p. …
Fray Alberto Lagrange guardó un buen recuerdo
de esos años de exilio en una atmósfera de vida religiosa y contemplativa
durante la cual tuvo la ocasión de descubrir la gran mística
Santa Teresa de Ávila que veneró como peregrino en Alba de Tormes. Esta doctora de la Iglesia será una fuente de gracia
en la vida del Padre Lagrange. Dos Capítulos Generales de la orden de
predicadores, organizados en Ávila impulsaron de manera providencial su obra.
En 1895 el capítulo general de Ávila aprobó la fundación de la Escuela bíblica
de Jerusalén y otro capítulo general celebrado en 1986 en la ciudad de Ávila
pidió la apertura del proceso de beatificación del Padre Lagrange para realzar
el estudio de “la Verdad que hace
libre al hombre” (Juan 8,32) y que “libera a la inteligencia” como decía
Jacques Maritain, diplomático
francés y filósofo cristiano de la
escuela tomista que participó en la
elaboración de la Declaración Universal de los Derechos Humanos de
1948.
El 22 de diciembre de
1883 fue ordenado sacerdote en Zamora de manos de un obispo dominico misionero
en Asia perteneciente a la Provincia dominica del Rosario encargada de
evangelizar a ese misterioso
continente. Su madre y su hermana pudieron estar
presentes en ese gran día lo que llenó su corazón de satisfacción.
A lo largo de sus estudios en Salamanca, Marie-Joseph Lagrange
frecuentó a varios dominicos de la Provincia de Toulouse que serían grandes
misioneros en Brasil: Dominique Carrérot, Gilles Vilanova… También encontró al
gran místico dominico Juan G.
Arintero del que hablaba elogiosamente: “Arintero se ha convertido en un doctor
místico muy escuchado. Ha fallecido
en olor de santidad y a los fieles les gusta
depositar flores en su tumba”.
Toulouse (Francia) y Viena (Austria)
En 1886 el Padre
Lagrange vuelve al convento de Toulouse en donde va enseñar la filosofía y la
historia de la Iglesia sin olvidar
el ministerio de la predicación. En
1888, su prior provincial, le envía a la Universidad de Viena en Austria, para estudiar
las lenguas y las civilizaciones de Oriente (hebreo, árabe, egipcio y el
asirio). Un viaje a Egipto, Palestina
y Líbano a principios del año 1890 completó su formación teórica.
Hablaba alemán,
inglés, italiano y español. En sus
ratos de ocio leía a Dante, Goethe, Shakespeare, y a los autores clásicos
griegos y latinos.
Fundación de la Escuela bíblica de Jerusalén
El Padre Lagrange
inauguró la Escuela práctica de estudios
bíblicos de Jerusalén el 15 de noviembre
de 1890, fiesta de su patrono de
bautismo San Alberto Magno o.p. La Escuela bíblica nació pequeña y pobre, a
imagen del Evangelio, en un antiguo matadero en el quedaban colgadas todavía
las argollas. Una mesa, un tablero, un mapa y unos libros, cuya cantidad era
apenas del nivel de un cura de pueblo, formaban la riqueza que recibirá en 1920
el estatuto oficial de Escuela
Francesa de Arqueología de Jerusalén y que se convertirá en un gran centro
científico de investigación en
arqueología y en Biblia. Su biblioteca cuenta hoy con 140.000 volúmenes. Lo que
nos muestra una vez más que las
grandes cosas nacen pequeñas. La experiencia y no solamente la doctrina del
Padre Lagrange son fuente de inspiración para el hombre contemporáneo, rico en
medios y falto a menudo de sentido y de fuerza en el alma. Es modelo de fe ya
que ponía su confianza no en sus fuerzas sino “en la ayuda de la Señora Santa María
y del Señor San Esteban”.
Para
el Padre Lagrange, “la pedagogía que une el documento y el monumento es la más
fecunda de las pedagogías.” Por
esta razón quiso siempre que la
Biblia fuera estudiada en Tierra
Santa y no únicamente en las bibliotecas de eruditos.
Decía con humor que el “contexto del estudio
bíblico –Sitz im Leben- no es el sillón”. Los elementos geográficos y climáticos, descritos a menudo de forma poética, ocupan una parte
importante en sus comentarios exegéticos. Para el padre Lagrange el estudio de la Biblia exige la consagración de toda
una vida para comprender “este
abismo de luz y de oscuridad. La Biblia es oscura.”
El estilo de Lagrange es científico pero elegante.
Respondía con humor a los que esperaban más efectos estéticos
que “el soldado llamado al combate no tiene
tiempo para hacer brillar sus botas”.
Hombre con los pies en la tierra, iba
al desierto y estuvo a punto de
morir en el desierto de Petra en un ataque nocturno de beduinos el 27 de
octubre de 1897. Con miedo a morir, cuando silbaban las balas, propuso a fray Louis-Hugues Vincent, su amigo íntimo,
que se dieran mutuamente la absolución gritándole:
“¡Con la fórmula breve!”
El poeta castellano Antonio Machado decía: “Caminante no hay
camino se hace camino al andar”. Sin embargo, hay algo que impresiona en la
vida del Padre Lagrange: su intuición del futuro y su lectura personal del
pasado. En el momento de inaugurar la Escuela bíblica vislumbra y orienta lo
que será poco a poco esta institución
que dará nacimiento a la Biblia de Jerusalén. Hombre de oración, iluminado por
el Espíritu recibido en el bautismo,
el Padre Lagrange declara en su discurso delante de las autoridades civiles (el
cónsul de Francia) y religiosas: “Dios ha dado en la Biblia un trabajo
interminable a la inteligencia humana y le ha abierto un campo indefinido de
progreso en la verdad.
Admiro en la doctrina católica que sea a la vez inmutable y
progresiva. Para el espíritu no es
un límite sino una regla. No se
impone sino que solicita su
actividad; le gusta ser examinada
detenidamente porque sabe que es segura y sin fallos: las grandes inteligencias
que han hecho estallar el ámbito estrecho
de tantas religiones se encuentran a gusto
en sus límites y pueden darse de
lleno a su pasión preferida que es el progreso en la luz. La verdad no se
transforma, crece.”Esta idea de progreso es fundamental en la obra del
Padre Lagrange que conocía la teología del progreso de la fe expresada por San
Vicente de Lerins y que fue citada
por el Concilio Vaticano I.
En junio del 1891, al
poner la primera piedra de la
futura Escuela bíblica, el Padre Lagrange depositó una serie de medallas y de reliquias: medallas
de Sagrado Corazón, de Nuestra
Señora de Lourdes y de Nuestra
Señora del Rosario, de San Benito,
de Santa María Magdalena (la patrona de Saint-Maximin y de la provincia
dominicana de Toulouse, del Papa León XIII); reliquias de la rocas de Belén,
del Gólgota y del Santo Sepulcro, reliquias de dominicos ilustres (Jerónimo Savonarola, Jandel Besson,
Lacordaire que había restaurado la
orden de predicadores en Francia, y un fragmento de la sotana del Cura de Ars).
Todo ello constituye una gran riqueza simbólica de audacia
profética, de espíritu apostólico y de fidelidad humilde y cotidiana. La Inmaculada Concepción
celebrada el 8 de diciembre fue escogida como patrona de la Escuela.
El genio espiritual del Padre Lagrange aparece también en la unión
hecha entre la teología tomista y la
exégesis –interpretación los textos bíblicos-, entre el convento de San Esteban de Jerusalén –lugar de oración, de vida común
y de predicación- y la Escuela bíblica, entre el oratorio y el laboratorio,
entre la investigación y la liturgia: “Me encanta escuchar el Evangelio cantado
por el diácono en el púlpito en una
nube de incienso: las palabras penetran entonces en mi alma más profundamente
que cuando las encuentro en un debate de una revista”.
El desafío intelectual
El modernismo
reducía la Revelación divina a una creación humana sin fundamento histórico. La crítica racionalista
de la Biblia y ciertos estudios históricos y arqueológicos hacían peligrar la fe de
sacerdotes y de laicos perturbados en lo más íntimo del alma por las
explicaciones exegéticas de Ernesto
Renan y
de Alfredo Loisy, entre otros, que
rechazaban el carácter sobrenatural de la Iglesia. La fe cristiana está
fundada en la Palabra de Dios transmitida por los autores inspirados por el Espíritu de Dios: profetas, evangelistas, apóstoles…
El padre Lagrange
“coge al toro por los cuernos” estudiando
la exégesis protestante y replicando
a la crítica racionalista de Alfredo
Loisy con
su crítica científica y respetuosa del dogma católico. “No hay que contentarse
con hacer de la crítica la responsable de todos los males. Solamente la crítica
puede responder a la crítica”,
decía el padre Lagrange que muestra
en sus comentarios exegéticos de los Evangelios la inoperancia de muchos de los
argumentos de Alfredo Loisy, sacerdote y exégeta, que fue excomulgado en 1908.
El fundador de la Escuela bíblica tenía una gran confianza en la crítica.
También estudió la crítica textual y literaria,
la arqueología y la geografía de Palestina. Su obra intelectual comprende unas 16000
páginas: treinta libros, 250 artículos, reseñas, predicaciones, diarios
personales... Comentó los cuatro
Evangelios y las cartas de San Pablo a los Romanos y a los Gálatas y consagró
dos volúmenes al Judaísmo antiguo, escribió una vida de San Justino... Entre sus publicaciones más conocidas
figuran “El método histórico” y “El
Evangelio de Jesucristo”. “El método
histórico” reúne las conferencias
dadas en el Instituto Católico de Toulouse en 1902. Invitado por su amigo y rector Monseñor Pierre
Batiffol, el Padre Lagrange presentó el método histórico-critico en la interpretación de la Biblia que se
convirtió en un texto profético de referencia en la historia
de la exégesis católica como se puede constatar
en la constitución
dogmática “Dei Verbum” del Concilio Vaticano II y en las
conclusiones de la Comisión Bíblica Pontificia de 1993 cuando habla
de los géneros literarios y de la
diferentes fuentes y documentos que han conducido de manera diacrónica a la
Biblia que conocemos. El
método histórico-crítico tiene sus
límites y no es una panacea
universal pero es indispensable para comprender la Escritura.
El Papa Benedicto XVI lo aprueba y utiliza sus resultados
como lo explica en su libro “Jesús de Nazaret”.
Dios ha hablado al
pueblo de Israel en su lenguaje humano pasando por las mediaciones de las
lenguas y de la cultura de la
época. El concepto de mediación relacionado con el misterio de la Encarnación es fundamental para
comprender la
Revelación Divina. No hay acceso al misterio
de Dios sin mediación. El Padre Lagrange estudió
las mediaciones históricas de la
Revelación utilizando la ciencia histórica
de su tiempo ya que “todo lo que tiene apariencia de historia
no es una historia”. Este miembro de la Orden de predicadores, fundada
para la salvación de las almas, no soporta que algunos se pierdan “por no creer
lo que la Iglesia no exige que se crea.”
No podemos ni
imaginarnos las declaraciones de algunos catecismos de la época sobre el libro
del Génesis, la creación del mundo y la historia
de la humanidad, que favorecían la pérdida de la fe por su ignorancia de los
géneros literarios y por su absurda
contradicción con los descubrimientos científicos que empujaban al fiel hacia
un concordismo contrario a la fe
católica. El Padre Lagrange distinguía
los estudios exegéticos del dogma de
la Iglesia. Su
trabajo aspiraba a unir la razón y la fe, como lo desea la tradición católica y
el Concilio Vaticano I opuesto al
fideísmo.
En sus comentarios
bíblicos, el Padre Lagrange estudia
las lenguas traduciendo los textos del hebreo o del griego, añadiendo la
crítica textual y literaria, la historia de la religiones y los comentarios de los
Padres de la Iglesia y de los grandes teólogos como Santo Tomas de Aquino y
desemboca en el néctar de la doctrina católica expresada en su sabrosa riqueza
espiritual
como se puede comprobar hasta en un
texto inédito sobre el Diluvio
(Génesis 6-9) preparado para su publicación en la “Revue biblique” en 1899 y
que nunca vio la luz por falta de aprobación de las autoridades de la Iglesia.
En cuanto a su obra
más difundida “El Evangelio de Jesucristo”
–vulgarización de calidad de sus descubrimientos exegéticos- sigue nutriendo la
fe y la contemplación de millares de creyentes que quieren entrar en la luz de
Dios por medio de su Palabra.
El padre Lagrange
consagró su vida al estudio de la
Biblia para el honor de la Iglesia en un momento en que la exégesis católica se
hallaba en un estado de inferioridad
intelectual en comparación con los exegetas
protestantes. Consciente de
los límites de toda investigación y descubrimiento no se hacía ilusiones
sobre el valor perenne de sus estudios
sino que los relativizaba pensado que su mejor aportación a la Iglesia se
encontraba en el impulso dado a la Escuela bíblica de Jerusalén y a la exégesis
científica. A sus alumnos no les
pedía obediencia a sus tesis sino espíritu
crítico y pensamiento personal invitándoles
firmemente a verificar lo que él enseñaba.
Fiel en la adversidad
Hay quién piensa que
al estar cerca de Dios no se tiene
problemas. El Evangelio desde el comienzo hasta
el final presenta a Jesús sometido a la contradicción. La
obra de Dios se desarrolla en la adversidad y en la crítica.
La vida del padre
Lagrange no ha sido un largo río tranquilo sino una aventura difícil con éxodos
y exilios, ataques y condenas como en la historia
bíblica. Hoy en día su figura atrae y apacigua precisamente por su fidelidad en
las dificultades de la
existencia. Como
vicepostulador de su causa de
beatificación recibo cartas de muchos laicos solteros y la mayor parte de las
veces casados que han encontrado en su ejemplo de audacia, lealtad y obediencia
un estímulo para seguir creyendo y
amando en la vida familiar y profesional.
En su lugar otros
exegetas han abandonado o criticado
amargamente a la Iglesia.
La santidad del padre Lagrange brilló en esos momentos de
tinieblas y de tristeza interior
provocados por la incomprensión de ciertos responsables eclesiásticos. Encontró en la oración y concretamente en la
oración en el monte de los Olivos la fuerza y la luz necesarias para servir
fiel y sin hiel. Los frailes dominicos de Jerusalén le veían pacífico y entusiasta cuando volvía de Getsemaní en dónde Jesús había
rezado a su Padre: “Abba, Padre, todo te es posible; aleja de mí este cáliz; mas no sea lo que yo quiero, sino lo que
quieres tú.”
El padre Alfonso
Delattre, jesuita, criticó
el método histórico-crítico del
Padre Lagrange que contaba con amigos y colaboradores de la Compañía de Jesús.
Otro jesuita el padre L. Fonck se
convirtió en un rival del padre Lagrange sirviéndose de intrigas políticas con
el deseo de crear otro centro bíblico en Jerusalén, dependiente del Instituto
Bíblico Pontifical Esto suponía para
la Escuela bíblica la pérdida de alumnos en una época en la que había pocos para
ese nivel de estudios en Palestina.
Hay que tener
presente que la tradición de la Iglesia y sus leyes se oponen a la instalación de una nueva orden religiosa en una ciudad
en la que otra orden ya cumple ese ministerio.
La correspondencia
del Maestro de la Orden de
predicadores, Jacinto-María Cormier con el padre Lagrange muestra su exigencia intelectual y su obediencia filial
vividas en el diálogo. Y no dudó en dar un buen testimonio
sobre el espíritu de justicia del padre Cormier a favor de su beatificación.
El padre Lagrange
respetó siempre las directivas de sus superiores aunque fuesen injustas y le hicieran daño, pensando que lo hacían por
razones de prudencia en una sociedad en peligro: “Pío X, ese gran Papa, ha
actuado en ciertos casos como los jefes que proclaman la ley marcial en circunstancias que exigen medidas excepcionales. Le tocaba
restablecer la seguridad nacional costara lo que costase
a algunos individuos.” El
Papa Pío X vivió en una época particularmente difícil. Por otra parte, no tenía
la fuerza intelectual de León XIII para poder afrontar personalmente los
problemas exegéticos.
Reconocía que gracias
a la obediencia su vida había sido más fecunda que si hubiera hecho libremente
su voluntad. Las dificultades y
las contradicciones encontradas en el camino le habían enseñado la humildad:
“Constato en mí el defecto de la
gente mayor: la
irascibilidad. Uno se cree inteligente (…) y juzga con
dureza: ¡Qué idiota ¡ Los jóvenes no caen de la misma manera en este defecto (…) ¡Qué hubiera sido de mi, mi buen
Jesús, si no me hubieras humillado!”
En una carta enviada
el 6 de febrero de 1899 al maestro
de la Orden, Andrés Frühwirth, se explica de la manera siguiente: “Me sorprende
un poco que me considere capaz de hacer imprimir mi comentario al Génesis sin
su permiso. Gracias a Dios, tal pensamiento esta
lejos de mí. Siento dolorosamente nuestra
inferioridad en los estudios
críticos, pero sé muy bien que no se arregla nada en la Iglesia sin la obediencia.” Obedecía
sin traicionar a su conciencia y explicando sus argumentos: “Una larga
experiencia me ha probado que no hay que permitir
que se ponga en duda ni la ortodoxia ni la honradez sino que hay que defender
muy a menudo su honor de cristiano y
su lealtad.”
El Papa León XIII,
lector asiduo de la Revue Biblique, le tuvo en gran estima
y contaba con él para la organización de los estudios
bíblicos en la Iglesia.
Sin embargo, el padre Lagrange fue denunciado en 1911 al Papa
Pío X por un sacerdote que había enseñado la topografía durante un año en la
Escuela bíblica de Jerusalén, el padre Luis Heidet (1850-1935),
que consideraba a su fundador como un protestante
racionalista peligroso y para el que
pedía al Papa un castigo duro y
ejemplar que cortase las alas al “águila de la secta” y a los “aguiluchos”, sus
discípulos, acto de autoridad que se convertiría en la “gloria de su
pontificado”.
Ciertos errores objetivos en la denuncia enviada por el
padre Heidet mostraban que no
conocía bien el problema y desacreditaban
su crítica. Los escritos del padre
Lagrange nunca fueron puestos en el
Índice como hubiera deseado el padre
Louis Heidet.
Cuando le pidieron que dejase de enseñar y que se alejase
de Jerusalén, el padre Lagrange no se puso a reunir firmas sino que exhortó a
la obediencia a sus discípulos y hermanos para los que había sido prior. El día
3 de septiembre de 1912 se despidió con emoción de su Escuela querida: “Ni
amargura ni fallos. Ningún soldado digno de ese nombre discute la orden que le
lanza al combate; tampoco puede desfallecer o desertar. Os garantizo mi oración
y mi corazón (…). Si Dios quiere que esta
obra viva, la hará vivir como en el pasado; pero merecéis mi apoyo a condición
de seguir valientes, entusiastas
sobre todo buenos religiosos e hijos sumisos de espíritu
y de corazón a la Orden y a la Iglesia.”
El acto de sumisión
transmitido por el maestro de la Orden, H.M. Cormier al Papa Pío X, calmó
el conflicto. Exigente en el cara
a cara con Lagrange, Cormier defendía a su hijo espiritual
en el Vaticano. El padre Lagrange reconoce en su Diario que las críticas recibidas
por él han sido de poca importancia en comparación con las sanciones graves
impuestas a otros.
Al llegar al trono de
San Pedro, el Papa Benedicto XV manifestó
su simpatía al Padre Lagrange, como lo expresa una carta del 8 de enero de
1915.
“El que no ha sufrido
por la Iglesia no sabe lo que es amar a la Iglesia”, decía el fundador de la
Escuela bíblica. También había experimentado que la picadura de las moscas que
se nutren de miel es la más dolorosa. Los ataques que vienen de miembros de la
Iglesia (sobre todo si son melosos eclesiásticos)
hacen todavía más daño que las críticas de los ateos.
Asumió el cargo de
prior a pesar de los inconvenientes que este
puesto llevaba consigo para el estudio: visitas,
administración... En su Diario
expresa su deseo de estar libre para
la enseñanza y cumple su deber humildemente para conducir a la comunidad
amenazada de división y de complot.
Tampoco hay que
olvidar el miedo a la muerte que le aterrorizó durante toda una noche en la que
esperó al alba con inmensas ganas .
En medio de los
tormentos y de las angustias, el
Padre Lagrange se alegra de que “el Señor no le deje sin su cruz”.
Las mortificaciones en la vida religiosa se encuentran precisamente en las injusticias soportadas humildemente.
Su espiritualidad
mariana
El Papa Juan Pablo II había escogido
el lema mariano “Totus tuus”, siguiendo la línea espiritual
de San Luis María Grignion de Montfort, que pertenecía a una fraternidad
dominicana por lo que es celebrado en la liturgia
de la Orden de predicadores. Para el Padre Lagrange, María es su “Madre” y a la
que está unido completamente. Se
consagró a la Bienaventurada Virgen María Inmaculada.
María es sobre todo la “Madre
del Verbo” a la que pide ayuda a
fin de que la Palabra nazca en él y pueda transmitirla
a los demás. Su espiritualidad
mariana es apostólica: “Regina apostolorum”
Elisabeth Falsan, la
madre del Padre Lagrange, perteneció a la fraternidad laica dominicana.
Fervorosa de la Virgen vistió a su
recién nacido Alberto durante tres años con los colores blanco y azul símbolos
de María. El pequeño Lagrange creció en un clima de fe mariana enriquecido por
las estatuas, las imágenes y por las
oraciones tradicionales a la Madre de Dios. En los grandes momentos espirituales de su vida se puso de rodillas a los pies de
la madre de Jesús como se puede constatar
en sus Diarios íntimos, algunos todavía inéditos, en
los que figura muy a menudo en cada página la invocación “Ave María”.
En su comentario “El
Evangelio de Jesucristo” aborda el
misterio de la Encarnación y del
desarrollo humano de Jesús que “creció en sabiduría, edad y gracia” (Evangelio según San Lucas 2,
52): “Hubo en Jesús, como en otros, algo de la influencia de su Madre. Su
gracia, su finura exquisita, su
dulzura indulgente son propios de Él. Pero así se distinguen
los que han sentido a menudo su corazón empapado por la ternura materna y su
espíritu afinado por las
conversaciones con la mujer venerada y tiernamente amada que se complacía iniciándoles en los matices delicados de la
vida.”
“La coronación de la
Virgen” de Fra Angélico de Fiesole le atrajo a la vocación dominicana por su
luz y por su pureza.
Su primera misa la
celebró en el altar del Santo Rosario en Zamora, el domingo 23 de diciembre de
1883, y tuvo la alegría inefable de dar la Comunión a su madre y a su hermana
Teresa.
Cuando era estudiante en derecho en París, Alberto Lagrange
compró un rosario que le ayudó a atravesar un momento de crisis espiritual. Dominico rezaba cotidianamente el rosario
uniendo maravillosamente el estudio
y la
contemplación. Estudiante
en el convento de Salamanca intuyó la relación profunda que unía el rosario y
su vocación dominicana. La
investigación y la enseñanza
encontraban en su oración del rosario una nueva luz y un horizonte infinito. La recitación
del rosario despertaba su deseo de profundizar el misterio
en el estudio al mismo tiempo que
elevaba su alma a Dios.
En una conferencia
dirigida a los laicos dominicos de Montpellier en 1936, el
Padre Lagrange compartió su experiencia espiritual
del Rosario diciendo: “El Rosario es un resumen del Evangelio que nos orienta
hacia la finalidad que la Encarnación y la Pasión de nuestro
Señor Jesucristo nos hace esperar.
¿Podemos pensar que el Rosario reemplaza a la lectura de la Escritura haciéndola inútil? Digamos más bien que la
hace desear, haciéndola incluso necesaria si queremos tener delante de nuestros ojos los misterios
que debemos meditar.” Estamos delante de un visión teológica y profética
del Rosario como “lectio divina” con la Virgen María.
María acerca el paraíso a la tierra. Y
el Padre Lagrange escribió en su Diario íntimo que el mes de octubre había sido
siempre propicio a la Escuela bíblica.
Su comentario al
libro de los Jueces lo dedicó a María Inmaculada. Y su comentario al Evangelio
según San Juan comienza con una cita
de Orígenes: “Digámoslo, los Evangelios son la parte escogida entre todos los
textos de la Escritura: nadie puede
adquirir su espíritu si no se ha
recostado en el pecho de Jesús y si
no ha recibido de Jesús a María por Madre. El nombre de María anima nuestra confianza. Por su mediación imploramos la luz
sobrenatural necesaria a la inteligencia de un libro tan lleno de sentidos
divinos.”
“El mayor exegeta de la Iglesia desde San Jerónimo”
Monseñor Bruno de
Solages consideró al Padre Lagrange como un Maestro
de “alma grande” y como “el mayor exegeta que la Iglesia haya conocido desde
San Jerónimo”.
El día 30 de
septiembre de 1914 el padre Lagrange confió espiritualmente
al gran exegeta San Jerónimo (350-420) la Escuela bíblica. La
oración fue el motor de su existencia:
“En cuanto rezo mi vida espiritual
sube.” El
estudio de la Biblia le condujo al
amor de Dios: “La Escritura nos da
una visión profunda de Dios y nos lo hace amar”.
Intelectual y místico, el padre Lagrange sobresale en la historia como un “doctor de la Iglesia”, según el
padre Maurice Gilbert,
jesuita, especialista de la Biblia, que ha sido rector del Instituto
Bíblico Pontificio de Roma.
Entre los numerosos
discípulos directos del Padre Lagrange podemos citar
a las personalidades siguientes:
Cardenal Eugenio
Tisserand, gran orientalista.
Monseñor Bruno de Solages, rector del Instituto
Católico de Toulouse, que organizó en Francia una red de ayuda a los judíos
perseguidos durante la ocupación nazi.
Jean Bottéro, historiador de las
religiones.
Fray M.-J. Stève
o.p., arqueólogo, especialista de la
lengua elamita.
Fray Jacques Loew o.p., fundador de la Congregación San Pedo
y San Pablo y de la Escuela de la fe en Fribourg (Suiza).
Fray Roland
de Vaux o.p.,
especialista del Antiguo Testamento y arqueólogo que ha trabajado sobre los
Manuscritos del Mar Muerto de las
grutas de Qumrân…
Los discípulos le
dieron muchas alegrías, pero el Padre Lagrange sufrió profundamente por el
abandono del sacerdocio de fray Eduardo Dhorme, de gran capacidad intelectual,
que tradujo la Biblia para la edición francesa de la Pléiade. Sin
embargo, la oración del Padre Lagrange y de otros creyentes obtuvo la
reconciliación de E.Dhorme. Al final de su vida se confesó, llevando una vida
de contemplación y de rezo del rosario con un alma de niño.
La cultura del hombre contemporáneo está marcada por el espíritu
crítico y científico. Jean Guitton,
filósofo, y miembro de la Academia francesa, fue discípulo del padre Lagrange
en Jerusalén. J. Guitton, amigo de
Pablo VI, fue invitado como laico
intelectual al Concilio Vaticano II. Autor de un libro sobre el Padre Lagrange que
correspondía a un deseo personal del Papa Juan Pablo II, Jean Guitton consideraba el trabajo intelectual al servicio
de la Iglesia como un gran testimonio
de fe: “El color negro de la escritura
equivale al color rojo de los mártires.” Se
puede decir que el padre Lagrange se ha “sangrado” escribiendo sus comentarios
bíblicos.
El Papa Pablo VI
presentó al Padre Lagrange como “un gran maestro
de la exégesis: un hombre en el que brillaron de forma excepcional la sagacidad
crítica, la fe y el afecto a la Iglesia”. En
la audiencia general en el Vaticano del 25 de abril de 1967, el mismo Papa citó al padre Lagrange.
El 31 de octubre de
1992, el Papa Juan Pablo II,
en un discurso dirigido a los miembros de la Academia Pontificia
de Ciencias en el que evocó la condena del pensamiento de Galileo y los
descubrimientos de la ciencia histórica,
presentó al Padre Lagrange como “un pionero que supo discernir con criterios seguros”,
sin precipitación ni miedos injustificados, en un momento de crisis intelectual
racionalista grave.
El cardenal Carlos María Martini, jesuita, exegeta y pastor
emérito de la diócesis de Milán
(Italia), me ha enviado una carta personal el
22 de julio del 2007 para apoyar la beatificación del Padre Lagrange cuyos
artículos de la Revue Biblique y sus comentarios de los Evangelios acompañaron
sus primeros años de estudiante de
la Escritura: “Su oración era fuego
y fue el iniciador del renacimiento católico de los estudios
bíblicos.” El Espíritu Santo, Espíritu creador y de comunicación, ha inspirado y guiado
la obra del Padre Lagrange que sigue dando frutos.
Su testamento
espiritual y su muerte
Conviene recordar su
testamento espiritual escrito
el 14 de diciembre de 1914: “Ave María. ¡En el nombre del Padre, del Hijo y del
Espíritu Santo! Declaro delante de
Dios que mi intención es morir en la Santa Iglesia
Católica a la que siempre he pertenecido de corazón y de alma
desde mi bautismo y deseo morir fiel a
mis votos de pobreza, castidad y
obediencia en la Orden de Santo Domingo. Me confío a mi Salvador Jesús y a su
muy Santa Madre, que ha sido siempre tan buena conmigo.
(…) Declaro también
de manera explícita que someto al
juicio de la sede apostólica todo lo
que he escrito.
(…) Quiero decir una
vez más que soy hijo de María: “¡Tuus ego, salvum me fac!”
(Jerusalén, convento San Esteban,
protomártir).
El Padre Lagrange
entró en la alegría de su Señor, el día 10 de marzo de 1938, a los 83 años de edad,
en el convento de los dominicos de Saint-Maximin (Francia) donde había sido
novicio. Sus últimas palabras fueron “Jerusalén, Jerusalén” y “Me abandono a
Dios”. Sus hermanos entonaron el canto de Salve Regina antes de su último
suspiro que le condujo a Jesucristo al
que tanto había buscado, estudiado,
rezado y predicado.
En el mes de
noviembre de 1967, sus restos
mortales fueron trasladados al convento de San Esteban
en Jerusalén, en cuya basílica los profesores, investigadores
y alumnos de la Escuela bíblica veneran a su fundador.
Hacia la beatificación del Padre Lagrange
El proceso diocesano
abierto el 8 de diciembre de 1987 por la diócesis de Fréjus-Toulon (Francia) ya
está acabado. La “positio” (estudio
científico de su vida y de su obra) va a ser presentada próximamente a la
Congregación para las Causas de los Santos en el Vaticano.
Muchos fieles confían
sus deseos y sus problemas a la oración del Padre Lagrange: enfermedades,
conflictos profesionales y familiares, la conversión de los amigos, las
vocaciones sacerdotales y religiosas, el estudio
de la Biblia, el diálogo con los judíos y los musulmanes…
Como vicepostulador recibo testimonios
emocionantes de acción de gracias por los favores espirituales
y materiales recibidos por su intercesión.
Se necesitará todavía bastante
tiempo para llegar a la celebración de su beatificación que precisa el
reconocimiento oficial de un milagro aunque se pueda decir que la conversión de
tantas personas que se han acercado al Evangelio gracias al Padre Lagrange sea
ya un gran milagro.